UNA POÉTICA DE LA HUMANIDAD

UNA POÉTICA DE LA HUMANIDAD
“Buscar belleza en la oscuridad del mundo”, de Pablo Esteban Gatica.
La visión del universo, desde los ojos del poeta, es una visión que ancla sus pupilas en manifiestos contundentes, plenos de las certezas de quien, en una instancia previa, pudo y supo escrutar un horizonte lleno de dudas, de incertidumbres, de interrogantes, de acertijos. Ese bucear en lo desconocido es lo que le otorga la más íntegra de sus fortalezas: palabras como ríos que subyacen bajo una tierra que implosiona desde sus flaquezas en gotas de un dolor amargo, pero perfectamente matizado con leves pizcas de esperanzas que dejan ver, al final del túnel, una luz tenue que reconforta.
Nada agita más a la mirada, que una mirada comprometida con el mundo que la rodea, con ese espacio yermo de los días que se desgranan en frías madrugadas de soledades que lastiman, aún más, por la penosa indiferencia de una sociedad que cuece sus heridas al fragor de la televisión y las verdades con tadas a medias.
Como ojo de búho / indago en la oscuridad / de las multitudes / tratando de encontrar la veta madre / donde la mina humana enterró / la valía de todos los seres, vierte con agudeza sobre el papel en blanco Pablo Esteban Gatica. Y en esas líneas que derraman sobre los límites de la comprensión la desesperada búsqueda de una compasión un poco más palpable, va la pretensión fundacional del poeta: poner un poco de brillo entre tanta opacidad. Pero no un brillo que enceguezca; no un brillo que obnubile o engañe, sino un brillo que permita descubrir lo que la superficial vista de la vorágine de nuestra actualidad no nos permite ver; correr el velo de la degradación autoimpuesta para dar paso, así, a una nueva sustancia, a una nueva esencia que se vincule mucho más con el principio mismo de nuestra existencia. Es decir, en definitiva, y por definición del propio poeta: buscar belleza en la oscuridad del mundo.
Esa indagación sobre lo cotidiano que, por cotidiano, puede tornarse peligrosamente habitual para el común de los mortales, es una constante a lo largo de las páginas de este segundo libro de Pablo Esteban Gatica, a lo que se le agrega una intención clara del autor de salirse del plano que repite en secuencia fílmica el triste destino de abandono de las convicciones frente a la hipnótica caja boba.
Aquí, a ras del suelo / los hombres se maquillan de libres / actúan como clowns aprisionados / ante su público de guardiacárceles / y mastines aplaudidores / mientras ríen con rabiosos colmillos. La radiografía del hombre frente a su fractura pone en alerta los sentidos del escritor, lo interpela, lo conmina a decir con palabras de este mundo lo que las palabras de este mundo no dicen ante las oscuras fauces de un hambre desproporcionado e injusto, que expulsa a los desvalidos hacia un mundo foráneo que rotula los rostros desde la segregación (al decir del escritor Mempo Giardinelli en su libro «Qué solos se quedan los muertos»: súmenle al hambre y al desconcierto una buena porción de autoritarismo y tendrán una descripción de América Latina; y, por qué no del mundo todo).
Así es como nacen los indigentes, los indignados, los inmigrantes, los “indigrantes” de un escritor que nos advierte, con perspicacia intensa, que no debemos creer, ingenuamente que no llegaremos a ser como ellos. Y es que tal vez, en alto grado de probabilidad, ya lo seamos en nuestras dimensiones periódicas, comunes y corrientes, lejos de los oceános minados de muerte, cuando como bien postula el escritor, extraviados y tibios / saltamos de día en día / sobre la rayuela desorientada de los años / intentando que el amanecer no nos llegue / a las siete de la mañana/ las siete del invierno / las siete del infierno.
Las calles de la ciudad, con sus intersecciones y entreveros como esquinas de un alma que se dobla en solitario, suelen ser una panorámica del hombre a la que el poeta asiste como un espectador que agiganta sus pupilas, amaneciendo así a las palabras que se nombran desde unos ojos bien abiertos, auscultando el paso de la vida y sus circunstancias, habitando en las retinas de un corazón doliente que sueña con ser ondas de radio / voluntad electromagnética, o al menos poder llegar a una versión que se aproxime un poco más a Dios o se acerque al menos al amor porque, como bien sostiene el poeta el amor / suaviza las súper estructuras / y luego las destruye / golpe de Estado a nuestras certezas / fusilamiento de miedos sublevados / sangre derramada regresando a las venas / a coagularse en incertidumbres suaves / tiernos peligros de muerte.
El amor, cuando no claudica, es como una conquista, como un trofeo, como una esperanza que afirma la existencia y la sostiene sobre aguas profundas, como quien se zambulle en un infinito que podría, al fin, ser tangible a partir del pacto con las palabras, que no es más que el pacto con el estar vivos, a pesar de todo. La palabra, ser vivo inmortal /que sobrevivió a miles de idiomas / guarda la memoria de la humanidad / como el cuerpo cuida el alma. A esa palabra, la que envuelve en su regazo maternal al ser primigenio, apuesta Pablo Esteban Gatica con un lenguaje desde esta humanidad. A la palabra sustancial, plena de contenido social, y que deja de lado la volatilidad de lo superfluo, de lo pasajero, de lo inconsistente que, sin embargo y para desgracia del horizonte sobre el que se recuestan los sueños, suele aprisionar los destinos de una generación desvalida, extraviada.
Ocurre que el poeta lo sabe mejor que nadie: La libertad de ser distinto / duele como los huesos reumáticos / quebrándose todas las mañanas un poco / pero recuerda que el cuerpo un día / entierra sus huesos / para convertirse, misterioso / en el gozo de ser tanta alma. Y ese gozo, al final del camino, no es más que el gozo de un manifiesto y una búsqueda poética que ancla sus pretensiones de perdurabilidad en la creación de un universo habitable, de un mundo en el que poder creer que es posible creer en una nueva revolución / donde tus piernas tus cabellos / tus labios tus pechos tu piel / y tus palabras / enjuaguen en su sangre victoriosa / en su semen / de sensuales guerrilleros sin muerte / y en el arma de tus abrazos / la caída de los opresores / del régimen atroz / de los silencios.
Porque de lo que se trata, en definitiva, es de decir. Decir como una manera de ver. Ver como una manera de palpar. Palpar como una manera de existir. Existir como una manera de viajar hacia esos espacios de encuentro de uno mismo con uno mismo y de uno mismo con el todo; intersticios en los que el diálogo interior se torna la voz que nace al anhelo de la construcción de una poética propia, de una poética de la humanidad que celebre por otras palabras / firmes, serenas, milagrosas / que no nacen de los dientes cariados del poder /ni de la alegría comprada / de los televisores.
Una poética, también, de resistencia frente a la caída, frente al abismo existencial, frente al vacío de un tiempo que se desangra en frenético tic-tac y que busca un reparo, un resguardo, un abrazo protector que ampare al asumirse seres humanos en este hoy y en este ahora; en este punto de inflexión en el cual bien vale la pena arribar a una conclusión: Estamos hechos / de tres seres humanos / el que fui, el que soy, el que seré/ una misma guitarra sonando / con tres afinaciones simultáneas; / edén de tres dioses / infierno de tres abismos / tres tapices hilvanados / con una trama incoherente / detrás de la tela.
De esta forma se asume el poeta en la piel de Pablo Esteban Gatica. De esta forma se asume Pablo Esteban Gatica en la piel del poeta. De esta forma se apuntalan sus palabras, como expresiones de un todo que nos abarca a partir de una consciencia fulminante sobre el arte y la vida que se clavan dedos en sus entrañas / revuelven sangre excrementos dolor dudas / ya que un agujero con forma de sol / quedará en vientre / y allí se gestará tierno aguerrido / el niño ensuciado y puro / de la sabiduría.
El crecer y el interrogarse, verso tras verso, supone así el despertar, el abrir los ojos, el descubrir que hay mucho mas allá de lo que a simple vista se puede ver; que hay un mecanismo complejo a través del cual el escritor nos revela sus incertidumbres y temores embrionales, pero también sus sólidas certezas, a las que pudo acceder tras aquel bucear en lo desconocido: No acepto que me impongan verdades / ni el cansancioso destino de imponer la mía / la soledad triunfa cuando ríe de tus razones / que a nadie importan. Y aún más: hoy entendí / desde el cansancio de mis sienes / la ansiedad late enfebrecida / cuando bombea sangre e ideas / porque me empuja a no morir.
Y como si todo esto no bastara, como si las propias ansiedades no fueran suficientes para caer en la cuenta al fin, y parafraseando al autor, que nuestras mentes ya no nos pertenecen, que “fueron robadas por un insecto zumbador enloquecido”; que “rendirse, deponer las almas, es capitulación habitual, es la caída espectral, un teatro sin arte, cuando nunca amamos”; y que no podremos dejar de interrogarnos si el hoy comenzó esta mañana y muere esta noche, o es apenas esta única hora, quizás apenas este minuto en que respiramos confundiendo el todo con un efímero instante de aire, Pablo Esteban Gatica nos lleva a un escalón superior, para acercarnos al balcón de la claridad de una percepción extraordinaria desde su visión plena, debe alcanzarnos a todos en cada una de nuestras pretendidas y pretenciosas convicciones: Escribo porque no sé escribir / pero alguien llorará / creyendo pude hacerlo. Y la luz que se refractará en esas lágrimas y será brillo en la oscuridad del mundo, constituirá el tributo mayor de Pablo Esteban Gatica a la poesía y a la humanidad toda.
(La presente reseña fue publicada en el suplemento 1591 Cultura + Espectáculos de diario NUEVA RIOJA)
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