Una voz contra el apuro

Era de madrugada y la Chaya llevaba horas de escenario, música, cuerpos cansados y un público que ya había pasado por varios estados de ánimo. Chito Zeballos subió acompañado por Colacho Brizuela. No llegó para acelerar la fiesta ni para ofrecer una canción fácil de seguir. Llegó con aquello que mejor sabía hacer: decir. Recitar. Dejar que una palabra demorara lo suficiente como para encontrar sentido. Parte del público respondió mal. Hubo silbidos. Él siguió. Y cuando bajó del escenario no pareció demasiado interesado en averiguar si aquello había sido un éxito o un fracaso. Había otra medida para juzgar esas cosas.
Esa escena contiene algo esencial de Chito Zeballos. No porque haya sido un artista enfrentado permanentemente con el público, ni porque el rechazo defina su trayectoria, sino porque allí aparece una forma de fidelidad. Chito sabía qué quería decir y, sobre todo, sabía cómo quería decirlo. En una época en la que el festival empezaba a exigir cada vez más impacto inmediato, él podía detener el tiempo con un recitado. No era poco.
Nació en Chilecito el 15 de julio de 1936. Fue cantante, guitarrista, recitador, abogado y una figura decisiva dentro de una generación que renovó el folklore argentino sin necesidad de romper con sus raíces. A comienzos de los años sesenta integró Tres para el Folklore junto a Lalo Homer y Luis Amaya, una experiencia que dejó una marca profunda en la manera de pensar la guitarra folklórica. Después llegarían la carrera solista, Córdoba, Buenos Aires, peñas, grabaciones, escenarios del país y del exterior. Pero su singularidad nunca dependió sólo de los lugares donde estuvo. Estaba en la voz. No únicamente en el timbre. En la respiración. En la pausa. En esa manera de convertir un poema o un recitado en algo que parecía estar ocurriendo por primera vez.
Cuando decía Temor del sábado dentro de Zamba de los mineros, o cuando recitaba Elegía a la Victoria Romero, la palabra no funcionaba como prólogo de una canción. Era parte de la canción. A veces era, incluso, la canción entera. Chito entendió que la voz hablada podía tener música sin necesidad de melodía y que un silencio bien colocado podía decir tanto como un acorde.
Ahí aparece quizá su rasgo más difícil de imitar: muchos cantantes pueden aprender una canción, pero pocos saben habitar una palabra.

Decir como se canta
Chito había crecido en una tierra donde la palabra oral nunca fue solamente comunicación. La copla, la vidala, las historias dichas alrededor de una mesa, las serenatas, las voces familiares, las radios y las peñas formaban parte de una musicalidad cotidiana. Tal vez por eso, cuando recitaba, no parecía declamar desde afuera. Había algo conocido en esa cadencia. Algo que venía de mucho antes que él y que, sin embargo, terminaba sonando completamente suyo.
Eso también explica por qué reducirlo a “recitador” sería injusto. Chito no utilizaba el recitado como ornamento folklórico ni como recurso pintoresco. Lo convirtió en lenguaje personal. La voz podía hacerse grave, quebrarse, esperar, golpear una palabra y después retirarse. Había teatralidad, desde luego, pero nunca parecía impostación.
Y había también riesgo. Porque obligar a escuchar es una apuesta. Una canción festiva encuentra enseguida su lugar en un escenario multitudinario. Un recitado pide otra cosa. Pide atención. Pide silencio. Pide tiempo. Chito no siempre lo encontraba.
Por eso aquella madrugada de la Chaya resulta tan reveladora. El público quizá esperaba otra cosa. Él no modificó su propuesta para satisfacerlo. No aceleró. No simplificó. No abandonó el recitado. Siguió. Esa obstinación puede parecer soberbia si se la mira desde un lugar. Desde otro, puede llamarse identidad.
Su trayectoria demuestra además que no era un artista encerrado en una concepción inmóvil del folklore. Tres para el Folklore formó parte de una etapa de enorme búsqueda musical, con guitarras que ampliaban recursos, armonías y posibilidades expresivas. Chito recorrió escenarios nacionales e internacionales, grabó, compartió experiencias con músicos de enorme formación y absorbió esas transformaciones sin perder aquello que hacía reconocible su voz.
Tal vez ésa sea una de las claves. No necesitó elegir entre tradición y renovación. Podía moverse entre ambas.

El hombre detrás de la voz
Las grandes voces suelen terminar aplastando a las personas que las tuvieron. Quedan los discos, las fotografías, los homenajes, las frases solemnes. Después aparece alguna anécdota pequeña y todo vuelve a tener proporciones humanas.
Chito tenía una. Cuando le ofrecían soda para el vino, respondía que no, que por favor no se lo mojaran.
No hay nada trascendental en la frase. Y justamente por eso sirve. Devuelve al hombre que estaba detrás del tono grave, del escenario, de la concentración absoluta del recitado. Un hombre capaz de tomarse muy en serio una palabra y muy poco en serio otras cosas.
Murió el 26 de octubre de 1996, en Neuquén. Tenía sesenta años. La noticia dejó una sensación de interrupción porque su voz parecía pertenecer a esas que uno supone que seguirán estando siempre disponibles: en una radio, en un disco, en una peña, en algún escenario de La Rioja.
Después ocurre lo inevitable. Las generaciones cambian, los formatos cambian, los escenarios cambian y también cambia la forma de escuchar.
Quizá por eso Chito resulte hoy todavía más interesante.
Vivimos rodeados de velocidad. Canciones que deben atrapar en segundos, videos que necesitan impedir que alguien deslice el dedo, palabras que compiten permanentemente por atención. La pausa se volvió sospechosa.
Chito trabajaba exactamente con lo contrario. Una voz. Un texto. Un silencio. Y tiempo.
No hace falta convertir esa diferencia en nostalgia. Tampoco afirmar que antes se escuchaba mejor. Cada época encuentra su manera. Pero vale la pena preguntarse cuánto espacio queda para una forma de decir que necesita que el otro se detenga.
Chito Zeballos construyó buena parte de su identidad artística sobre esa exigencia.
No pedía demasiado. Apenas que escucharan.
Aquella madrugada de la Chaya, algunos no quisieron hacerlo. Él siguió recitando. Quizá porque entendía algo que los grandes intérpretes terminan aprendiendo tarde o temprano: el aplauso mide una noche. La voz que uno elige, en cambio, puede medir una vida.

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