Villa Nidia, esa ofrenda poética

Villa Nidia, esa ofrenda poética

Lo que el poeta atesora, queda como un legado perpetuo vuelto palabras. Perdura en su tiempo, pero también en el tiempo por venir, en el tiempo que aguarda por el tiempo. Igual que las palabras de los otros, habitando en territorio lejano, pero próximo al mismo decir, a partir de una mirada generosa y amplia: la del escritor que habla de la tierra que antes nadie dijo.

EL HABITANTE DE SU TIERRA
La mano se extiende en gesto de ofrenda, de entrega. Y de entereza vital. El hombre absorve todo el aire; respira profundo y guarda, atesora. La mirada lo transporta hacia otro tiempo, en el viejo almacen de ramos generales de sus padres. Y desde aquel recuerdo imperturbable, comienza a trazar una huella en cada una de las palabras que exhala, una marca indeleble suspendida en el espacio que es testigo fiel de una historia que se escribe día tras día, sin pausa, sin descanso y con la fuerza de un corazón generoso y amplio, que lo desborda.
Las paredes también hablan (siempre hablan las paredes). Y se hace difícil mantener fija la vista en un punto único, cuando todo allí tiene un sentido, un significado, y las lecturas se multiplican entre lo que se ve y lo que no; entre lo que está expuesto y lo que permanece intacto por debajo, en el detrás, que es exactamente la manera en que funcionan los mecanismos de la memoria, cuando finalmente abre las puertas a las vivencias que se agolpan hacia adelante, para fundar un punto de encuentro en el que las distancias se aproximan hasta tornarse imperceptibles. Es decir, hasta convertirse en las cercanías que hoy nos tocan.
Una vez más, el hombre inauguró el camino. Y ese viaje largo, inagotable, que nace en la calle que se prolonga hacia el infinito a uno y otro lado de las jarillas y que lo lleva a recorrer un mundo posible desde lo que aparenta ser lo opuesto, lo transforma en un conquistador, en una especie de Quijote incansable, trabado en lucha constante contra los molinos de viento de la indiferencia y del olvido; contra los molinos de viento del abandono y del silencio; contra los molinos de viento de lo inalcansable y de los sueños que se nos truncan.
Y lo hace, el hombre, blandiendo la palabra como único estandarte. Esa palabra que, desde su pensar con las manos, le pondrá nombre a los sin nombre para rescatarlos del ostracismo de su propia tierra y ubicarlos en un mapa, en una geografía que, aunque abrupta, al fin los contenga y los saque del cruel anonimato del interior profundo; del interior de un interior que los arrastra y conmina hacia la inevitable postergación de un mundo que en la voracidad de sus fauces juega a fagocitarse sin prisa, pero sin pausa, a los desvalidos de siempre.
El hombre les pone un nombre y les da, al mismo tiempo una vida. Y, al mismo tiempo, se nombra y se vive. Y en el nombrarse y vivirse, se trasciende, desde todas sus facetas. De sustancial esencia: poeta. De primigenio origen: escritor. Para el universo de las letras: el maestro mayor de obra. Para el mundo: humano, con todo lo que ello implica, y por sobre todas las cosas. Para los congregados aquí, en Villa Nidia: Héctor David Gatica. El habitante de su tierra.

LAS RAÍCES
Ya van llegando los congregados desde todos los puntos cardinales. Norte, sur, este, oeste. Gatica, el poeta, el escritor, convoca con su nombre trascendente y anuda fuerte a la vida junto al palenque de su madre tierra. Y se dispone una vez más a traspasar el mundo de la fantasía, de la imaginación, para volverse tan real como cada uno de sus personajes en cada una de las páginas de cada uno de sus libros. Lectura viva. Como viva -más que nunca- está su leyenda.
Ya van llegando los congregados de todos los puntos cardinales y se funden en un abrazo que estrecha encuentros. Porque el habitante de Villa Nidia lo hace otra vez, fiel a un estilo imperturbable. En un mundo en el que el desencuentro y la intolerancia son moneda corriente el escritor construye puentes que conectan y unen a La Rioja como brazos comunicantes que se extienden, al unísono, sobre toda América. Al igual que sus cantos y el milagro de la comunicación que supo parir, desde su lugar en el fin del mundo, alejado de todo y cuando las comunicaciones sólo podían asemejarse con lanzarse a la aventura de navegar en un océano demasiado profundo. Y sin embargo…
Ya van llegando los congregados. Desde todos los puntos cardinales van trayendo también sus palabras y las mil y una historias compartidas a lo largo de tanto tiempo y de tantas geografías. Junto a Gatica, una afable Doña Jovita, disfrazada de José Luis Serrano, los recibe. El ritual del encuentro se renueva en Los Llanos, como memoria. La poesía renace. Y con mirada pausada, el poeta aguarda. Respira profundo y guarda. Atesora.
Aguarda y se convence, como si de pronto pudiera entender, al fin, que no fue en vano la pelea, pero que, sin embargo, jamás va a dejar caer los guantes sobre este polvo. Y que Ariel Ferraro, en algún rincón de la casa vieja, o parapetado tal vez sobre un costado del pozo de balde en el patio grande, agradece que se lo recuerde y que en ese recuerdo se lo contenga.
Es que en el pueblo del creador de “Los fundadores del olvido”, no hay espacio, no obstante, para la más mínima ausencia de evocaciones. Sí, en cambio, para redescrubrirnos en lo profundo de nuestras raíces, con la vida anudada fuerte al palenque de la madre tierra de Gatica.

ALREDEDOR DEL TIEMPO
En la plaza, frente a la escuela nueva y al costado de la escuela vieja, juegan los niños. Son los niños de ahora. Pero también son los niños de antes; los de siempre. Los que fueron. Esos, los mismos que ahora deambulan alrededor de las bicicletas con las ruedas enterradas, a la espera del pedaleo intenso que las lleve hacia el cielo, o mejor aún hacia un posible atrás, un plausible volver y corretear a la distancia en un auto de carreras construido con piezas inservibles; con los desperdicios que se resisten a la desolación y anhelan continuar siendo, como las insistentes partículas del recuerdo que ahora se polinizan.
O como las miradas extensas, reflexivas de Gabriel y Pablo hacia aquellas imágenes flotando en el estanque repleto de primos (eran tantos cuando venían todos…) y un sol que aprieta en la nuca, al igual que los recuerdos que ahora se agolpan con determinación contra la memoria que busca hallar, entre las huellas, aquellos pasos de los abuelos. Don Celso Gatica y doña Delia Durán, continúan rehusándose al desamparo de la ausencia, coronando a uno y otro lado la mesa familiar, en el comedor atiborrado de almuerzos y voces encendidas; y los niños, los de antes, los de siempre, los que fueron, que siguen dando vueltas y más vueltas en círculos y más círculos, alrededor del tiempo.
Ahora que el monte le ganó a los confines, y dejó atrás los ecos del galope de los caballos contra el viento y el polvaredal inundando el cielo diáfano (como hoy) de Los Llanos. Ahora que los niños crecieron y acuñaron sus propias palabras para hacer honor a la rica herencia literaria; al destino de poesía. Ahora que Pedro Berón murió mil veces su propia vida y vivió mil veces su propia muerte, desde la plaza donde juegan los niños, los de ahora, los de siempre, el escritor vuelve a caminar, un poco más lento, sobre la calle que da paso a su viaje de trascendencia.
Se reafirma y se sostiene con sus pies sobre su sustancia y, desde allí, desde la infancia de Gabriel y Pablo y sus miradas extensas, reflexivas, que le acercan también su infancia y su propia mirada extensa y reflexiva y, casi al unísono, el devenir inevitable de sus padres hacia lo interregno, detiene las agujas en el reloj, sonríe, y confirma que todo fue y es tan real como lo ha narrado en sus libros. Y que ya nadie puede dudar, mucho menos ninguno de los aquí congregados, que Villa Nidia existe. Y ese puede ser, tal vez, el más grande de sus triunfos.

DIOS, POR UN RATO
“Primero levanté la Iglesia, luego me casé”, cuenta entre risas. Así es la historia fundacional de Gatica y de Villa Nidia, ese lugar en el mundo. Un construir constante en lo que no es, en lo que no hay, en lo que no existe. Un torcerle el brazo a ese caprichoso destino de carencias para conquistar la abundancia que crece desde el alma y se entrelaza en el encuentro con los seres queridos, con la familia incondicional, con los amigos, con los compañeros de ruta. Esos congregados que fueron llegando desde todos los puntos cardinales. Norte, sur, este, oeste. No queda lugar para las distinciones en la tierra de los iguales, de los pares, de los que tiran para el mismo lado: hacia la forma de la poesía.
Y en tiempos de compartir, la empanada y el vaso de vino amenizan la charla y dan rienda suelta a las anécdotas, por miles. Sentado a tu izquierda, Nerio Tello (ni más ni menos) te cuenta de sus pasiones y de su amor por el periodismo gráfico y el teatro y atiza las brasas de Ulapes -esas que también supo remover y avivar con amor y calidez su madre-, entre Mendoza y Buenos Aires y su ventura de escritor prolífico que logra reconocer, más allá de las partidas, su punto de origen.
Sentado a tu derecha, el propio Gatica (ni más ni menos) te habla de todo lo hecho; de sus sueños de aquellos días y la última parte escrita de sus vivencias (más de mil páginas) que no cree vaya a editar; de sus memorias de Los Llanos y de aquel tiempo de creer en que era posible darle a su amada Villa Nidia la esperanza de un futuro, como al fin lo hizo, junto a su hermano Omar. Y de todo lo que aún queda por hacer, a pesar que sus 82 años le comiéncen a aletargar los pasos.
Y vos, entre izquierda (Tello) y derecha (Gatica), en la Villa Nidia que tantas veces te pareció un cuento, una historia de realismo mágico y que, al igual que todos los congregados ya no podés dudar que existe, considerás que te asiste el justo derecho y el magnífico privilegio de sentirte dios, al menos por un rato.

HUELLAS
Pero como de dejar huellas se trata, y por si acaso alguien pudiera olvidarlo, el escritor no sólo deja sus palabras como legado, sino también las palabras de los otros -que es el verdadero motivo del encuentro-, en ese sitial maravilloso en el que habita la memoria, entre tantos objetos valiosos.
Es la hora de la inauguración (de una nueva fundación a las que Gatica es tan afecto) y aquel almacén de ramos generales de don Celso y doña Delia acoge ahora a los visitantes y flota en el aire la sensación tierna del abrazo. Gatica ordena sus papeles, sus anotaciones en tinta azul y el cronograma preciso de las actividades que programan sus deseos de legados, como prolongaciones.
Hay autoridades y hay ofrendas. Pero por sobre todas las cosas, hay afecto. Y un profundo sentir de agradecimiento de los habitantes de Villa Nidia para con quien les brindó, generoso, un destino de trascendencia al hablar de ellos, al ponerles un nombre. Marisa Leyes lo sabe, mejor que nadie. Por eso el abrazo a su tío del corazón (“a nuestro poeta”) y la denodada colaboración en el armado de un evento que será recordado largamente y, sobre todo, porque fue el primero, pero puede ser el último.
Igual que ese espacio que se vuelve perpetuidad para los autores departamentales. Una biblioteca única, de la que no hay registros en el País, y que ancla en Villa Nidia más de 70 ejemplares de autores locales, en ese afán de Gatica por dejar registros que hablen de las letras de su riojanidad profunda. Porque de dejar huellas se trata. Huellas en el camino que permitan, antes que nada y siempre, emprender el camino del regreso.

LA FORMA DE LA POESÍA
Antes que la tarde comience a precipitarse entre las algarrobas va tomando forma la poesía en el patio grande de la casa vieja, donde los congregados de Villa Nidia se disponen a llenar los espacios vacíos que dejó el tiempo que ya no existe, para que, de alguna manera, recobre su perdurar inquebrantable. Como las ausencias presentes que llaman desde una distancia que se acerca demasiado al punto de quiebre, en el que se produce el encuentro.
La mención y el aplauso para el “Negro” Carrión, de sorpresivo viaje hacia otros mundos, da pie a que suenen, luego, las estrofas de dos cantos de la Cantata Riojana, interpretados por el conjunto Breñal de los hermanos Tello. Poco más tarde comienzan a desfilar ellos, los portadores de la palabra, los emisarios de las letras que van urdiendo destellos sobre el lienzo amplio del cielo. Y el cariño envolvente de los aplausos cálidos.
El poeta, mientras tanto, reposa su vida sobre los cántaros de sus ansias milenarias y aprieta los puños, como si pudiera atrapar el aire y que, así, ya no se le escape el pulso vital de lo pronunciado en voz alta; voz tras voz; palabra tras palabra. Y en la Samba de Ulapes que trae como coplas de pétalos Eleazar Arabel, vuelve a preguntarse el escritor, como tantas otras veces lo habrá hecho Ariel Ferraro, por qué le pasan a uno ciertas cosas; por qué tuvo que ser él y no otro quien hiciera de Villa Nidia esa ofrenda poética de la que no reniega, sino que, muy por el contrario, abraza. Y en ese abrazo abarca a todos los congregados en el fragor naciente de esa tierra que, antes, nadie dijo.
La forma de la poesía y la escritura de Gatica, humilde y generosa, construye un mundo, un ideario que crece y se expande tanto en la imaginación del lector que uno puede llegar a reconocer a Villa Nidia en donde quiera que esté. La forma de la poesía y la escritura de Gatica, profunda y espléndida, no nos hace sombra; nos refleja, nos estimula a que nos pongamos en el verdadero papel de creadores que deben asumir quienes escriben.

NO VOLVEREMOS A SER LOS MISMOS
Cuentan que en el verano, en Villa Nidia, la luna aparece justo en el centro del camino, mientras el sol, allá en el oeste comienza a recostarse suavemente sobre sus espaldas de fuegos circulares. No quiere irse del todo. Solo desea poder ver, aunque más no sea por última vez a la musa que esparce versos sobre las manos del poeta, extendidas en gesto de ofrenda, de entrega. Es entonces cuando todo parece detenerse en un instante tan preciso como inigualable, en el que la mente oscila quejumbrosa, entre el irse y el quedarse. Doña Jovita lanza los primeros acordes que serán, tiempo más tarde, los últimos de la noche que ya se aproxima.
El encuentro de Poetas “Ariel Ferraro” ya consumó la magia. Vamos a emprender el regreso entre un cúmulo inabarcable de sensaciones. Pero también con una convicción única: nosotros, los congregados, los de entonces, ya no volveremos a ser los mismos.
Y en esa mochila cargada de emociones, van a caber también las palabras elegidas por el poeta para resumir por nosotros, lo que nosotros, aunque qurramos, no podremos: “Lo que no logres hoy, quizás mañana / lo lograrás, no es tiempo todavía / nunca en el breve término de un día / maduran frutos y la espiga grana. / No son jamás en la labor humana / vano el afán, inútil la porfía / el que con fe y valor lucha y confía / los mayores obstáculos allana. / Trabaja y persevera, que en el mundo / nada existe rebelde, ni infecunda / para el poder de Dios o de la idea. / Hasta la estéril y deforme roca / es manantial cuando Moisés la toca / y estatua cuando Fidias la golpea”.
Ya se recostó el sol en Villa Nidia y pudimos comprender, al fin, todo lo que significa el encontrarse con La Rioja profunda y hermanada. Ya se recostó el sol en Villa Nidia. Y ya volvió a nacer la poesía.

(El presente artículo fue publicado en el suplemento 1591 Cultura + Espectáculos de diario NUEVA RIOJA)

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