¡Ya está! ¡Ya está!

La inminente despedida de Lionel Messi no marca solamente el final de una carrera extraordinaria, sino el cierre de una época que atravesó nuestras vidas y sostuvo durante tantos años una forma colectiva de la esperanza. El paso del tiempo, la pérdida de los símbolos y el vértigo de descubrir que incluso aquello que creíamos eterno también termina.

“¡Ya está! ¡Ya está!”, dijo Lionel Messi aquella tarde inolvidable de Qatar, apenas terminó la final contra Francia. No se lo dijo al mundo ni a sus compañeros. Se lo dijo a Antonela y a sus hijos mientras caminaba hacia ellos después de haber alcanzado aquello que había perseguido durante toda su vida y que millones de argentinos, de algún modo, también habíamos convertido en propio. Era una expresión sencilla, íntima, casi doméstica, pero encerraba el peso de una existencia entera: ya estaba, se había terminado la búsqueda, la deuda, la exigencia, la sospecha permanente de que aún le faltaba algo para ser definitivamente nuestro. El mejor futbolista del mundo ya no tenía que demostrarle nada a nadie.
Pero el tiempo tiene la extraña costumbre de regresar sobre las palabras para cambiarles el significado. Aquello que en diciembre de 2022 sonó a alivio y plenitud empieza ahora a adquirir otra resonancia. Cada vez que volvemos a recordar ese “¡Ya está!”, sentimos que ya no habla solamente de la Copa levantada en Lusail, sino también de algo mucho más silencioso e incómodo: del final a la vuelta de la esquina. No necesariamente del retiro formal de Messi, que llegará cuando tenga que llegar, sino del cierre de una época, del momento en que comprendemos que estamos asistiendo a los últimos capítulos de una historia irrepetible y que, tarde o temprano, ya no habrá una página más para dar vuelta.
Ahí aparece el vértigo del abismo. Argentina seguirá produciendo grandes futbolistas, como lo hizo siempre. Surgirán nuevas figuras, nuevos capitanes, nuevos nombres capaces de despertar admiración y de ganar partidos importantes. El problema es que los grandes jugadores aparecen; los símbolos, no. Los símbolos no nacen de una planificación deportiva ni pueden fabricarse en un predio de entrenamiento. Suceden. Irrumpen en la historia, atraviesan generaciones, condensan sentimientos que parecían dispersos y consiguen que un pueblo entero se reconozca en una sola persona. Después se van, y puede pasar mucho tiempo antes de que algo semejante vuelva a ocurrir.
Nosotros tuvimos el privilegio extraordinario de vivir ese milagro dos veces. Primero Maradona. Después Messi. Entre ambos ocuparon buena parte de nuestra memoria emocional y llenaron casi medio siglo de la historia argentina. Durante décadas existió siempre una figura capaz de representar esa mezcla tan nuestra de talento, rebeldía, fragilidad, orgullo y deseo de vencer a lo imposible. Recién ahora comenzamos a comprender que eso nunca fue normal, que no era una ley de la naturaleza ni una garantía que la historia nos hubiera concedido para siempre. Fue una excepción. Una de esas excepciones que, mientras duran, parecen eternas.
Durante muchos años vimos jugar a Messi con una tranquilidad secreta. Podíamos estar perdiendo, jugar mal, equivocarnos en todo, pero todavía estaba él. No era una garantía de victoria, porque ni siquiera los genios pueden prometerla. Era algo más profundo: la sensación de que lo imposible conservaba una oportunidad, de que siempre quedaba una última puerta por abrir. Messi se convirtió así en nuestra reserva de ilusión, en una presencia que no necesitábamos explicar porque simplemente estaba ahí. Como ocurre con ciertas personas, con determinados afectos o con aquellos lugares a los que creemos que siempre podremos regresar, no pensábamos todos los días en su permanencia: descansábamos en ella.
Hasta que el calendario comenzó a hacer su trabajo. Y el tiempo, sabemos, nunca negocia con nadie. El verdadero abismo no será el día en que Messi anuncie que deja de jugar. Ese será apenas el momento público, la confirmación de algo que habrá comenzado mucho antes. El abismo aparece cuando comprendemos que ese día existe; cuando dejamos de pensar en todos los partidos que todavía podría jugar y empezamos, casi sin admitirlo, a contar los que quedan. Es entonces cuando la nostalgia se adelanta a los hechos y empezamos a extrañar algo que todavía no terminó.

Un final que se sigue escribiendo
Tal vez allí resida la forma más dolorosa de la despedida: no en la pérdida repentina, sino en la conciencia de que aquello que amamos se está terminando mientras aún podemos verlo. No estamos frente a una tragedia inesperada, sino ante una retirada lenta, previsible, casi natural, y quizás por eso mismo más difícil de soportar. Nos obliga a mirar el final mientras la historia todavía se escribe.
Porque Messi no fue solamente un futbolista extraordinario. Fue también una medida del tiempo. Hay generaciones que aprendieron a caminar mientras él empezaba a deslumbrar en Barcelona y que hoy tienen hijos que lo vieron campeón del mundo. A lo largo de todo ese tiempo la Argentina atravesó crisis económicas, cambios de gobierno, enfrentamientos, decepciones, una pandemia y nuevas frustraciones colectivas. Cambiaron nuestras vidas, murieron personas queridas, envejecieron nuestros padres, nacieron nuestros hijos, se cerraron trabajos y se abrieron otros, pero cada tanto aparecía Messi en una cancha y algo parecía permanecer intacto. Mientras él jugaba, una parte de nosotros podía imaginar que el tiempo todavía no había pasado del todo.
Quizás por eso su inminente despedida no nos enfrenta solamente con el final de una carrera, sino también con el nuestro. Messi envejece y, al observarlo, descubrimos que nosotros también lo hicimos. Aquellos que lo vimos debutar ya no somos los mismos que lo vieron levantar la Copa. Su trayectoria quedó entrelazada con nuestras biografías: sus goles marcaron años, mundiales, reuniones familiares, abrazos, derrotas y celebraciones que hoy forman parte de nuestra propia memoria. Cuando él se vaya, no desaparecerá únicamente un jugador de la cancha; se cerrará también una etapa de nuestras vidas.

Una versión inédita
Eso es, quizás, lo que vuelve tan inquietante la cercanía del final. No tenemos miedo de que la Selección deje de competir ni de que nunca vuelva a ganar. Tenemos miedo de descubrir que Messi era irrepetible. Porque los reemplazos existen, los herederos también, pero las épocas no admiten sustituciones. Nadie reemplazó a Maradona: después vino Messi. Y nadie reemplazará a Messi: después vendrá otra historia, con otras formas, otros protagonistas y otras emociones. Será diferente, y tal vez allí radique la dificultad. No nos angustia solamente lo que termina, sino la certeza de que nunca volverá de la misma manera.
En una Argentina donde casi todo nos separa, Messi consiguió algo que la política, la economía y las instituciones hace tiempo parecen incapaces de producir: nos reunió. Nos hizo abrazarnos con los nuestros, con los desconocidos, y salir a la calle con la sensación, aunque fuera por unas horas, de pertenecer a algo más grande que nosotros mismos. Nos devolvió el orgullo sin necesidad de despreciar a nadie y mostró que la grandeza también podía expresarse sin estridencias. Su figura terminó representando una versión del país que pocas veces conseguimos habitar: talentosa, perseverante, solidaria, respetada y capaz de alcanzar aquello que durante mucho tiempo parecía imposible.
Por eso la pregunta no es quién utilizará la camiseta número diez cuando él ya no esté, ni si aparecerá un futbolista capaz de ganar los mismos títulos. La pregunta es qué haremos nosotros cuando desaparezca esa versión de la Argentina que aparecía cada vez que Messi tocaba una pelota. Qué ocurrirá cuando un partido decisivo llegue a sus últimos minutos y ya no podamos buscarlo con la mirada. Qué sentiremos cuando la Selección entre a una cancha importante y, por primera vez en tantos años, sepamos que él no está en el banco, ni calentando, ni esperando una pelota para inventar algo que nadie más había imaginado.

La manera de lo extraordinario
Tal vez entonces volvamos a escuchar aquellas palabras pronunciadas en Qatar: “¡Ya está! ¡Ya está!”. Pero ya no sonarán como una celebración. Sonarán como suenan las cosas que comprendemos demasiado tarde: la infancia cuando termina, la casa de los abuelos cuando queda vacía, los amigos que el tiempo fue alejando, los domingos que creíamos eternos. Entenderemos que aquel “¡Ya está!” no cerraba solamente una final del mundo. También empezaba, sin que pudiéramos advertirlo, la despedida de una época.
Puede que ese sea finalmente el abismo: no que Messi deje de jugar, sino aceptar que incluso aquello que nos hizo inmensamente felices estaba condenado a terminar. Comprender que no existen los símbolos eternos, aunque durante muchos años hayamos necesitado creer lo contrario. Saber que llegará un día en que miraremos hacia la cancha y él ya no estará, y que en ese vacío no se irá solamente un futbolista, sino una manera de esperar, de reunirnos, de emocionarnos y de sentir que todavía era posible lo extraordinario.
Entonces sí.
Ya está.
Ya pasó.
Fuimos contemporáneos de Lionel Messi. Y quizá todavía no alcanzamos a comprender del todo lo que eso significa.

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