El bazar del periodismo literario

Una reseña para el libro «Retratos» de Truman Capote

A ningún lector medianamente sagaz puede escapar que Truman Capote fue un maestro de las formas breves y un agudo observador y cronista de su época. Como pocos. Las semblanzas que reúne en “Retratos” son una buena muestra de ambas virtudes. Capote escribe -a veces con ternura, otras con perfidia, pero siempre con un estilo admirable- sobre figuras muy relevantes de nuestro tiempo, trazando una serie de magistrales retratos como el dedicado a las andanzas japonesas de Marlon Brando durante el rodaje de Sayonara (y que, por cierto, tanto irritó al gran divo); el ya mítico perfil de Marilyn Monroe; una bellísima rememoración en claroscuro de Tennessee Williams; una emotiva aproximación a Elizabeth Taylor, en la que también asoman un desquiciado Montgomery Clift y un ambicioso y ya alcohólico Richard Burton; un acercamiento a «esa leyenda moderna» que Jane Bowles y otro al arte fotográfico de Cecil Beaton.
Y son precisamente los retratos de otro fotógrafo, Richard Avedon, los que dan lugar a la inspiración de Capote, para dar lugar a una serie de certeros perfiles, empezando por el del propio Avedon, y luego, pasando revista a un socarrón John Houston, un ambivalente Chaplin, una coqueta Coco Chanel, un moribundo Somerset Maugham, un errante Ezra Pound, una anciana y fascinante Isak Dinesen, una Mae West de carne y hueso, un Louis Amstrong captado desde la mirada infantil, un Gide que reflexiona sobre Cocteau, un Bogart retratado a través de sus palabras fetiche, un Picasso tan genial que podría provocar instintos asesinos y un Duchamp iconoclasta que bien podría ser su reverso.
A esta altura de los acontecimientos, continuamos discutiendo quién fue el primero: si el Walsh de “Operación masacre” (1957) o el Capote de “A sangre fría” (1966). Ese debate, a todas luces, pertenece a la infinita dualidad de una argentinidad incurable. Pero ni el paladín más necio de la imaginación literaria podrá negara esta altura de la noche que el partido no lo ganó la fábula sino la no ficción, es decir: “la realidad” intervenida, modelada, organizada, inseminada por los protocolos de la fábula.
Allí quedan acorralados por reportajes, crónicas, siluetas, corresponsalías, relatos de viaje, diarios íntimos, sepultados por los avatares de la siempre penúltima descendencia del “nuevo periodismo”, el Marlon Brando, la Jane Bowles o la Marilyn Monroe de Capote, que siguen siendo piezas de una originalidad fenomenal, capaces de delatarse a simple vista en el bazar mejor surtido y más desordenado del llamado periodismo literario.

MINI BIO

Novelista estadounidense. Pese al carácter profundamente realista de su obra, combinó en sus narraciones el misterio y el refinamiento literario, poniendo de manifiesto las oscuras profundidades psicológicas del sistema norteamericano a través de caracteres inquietantes, como en el caso de A sangre fría (1966), la más famosa de sus novelas.

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