Los molinos de vida de Virginia Hansen

Entre escritores, poetas, cancioneros, bailarines y una naturaleza viva que la abraza, la incansable hacedora de cultura acrecienta su legado artístico para La Rioja. Entrega plena, pasión y convicciones para sembrar presente y cosechar futuro.

Algunas personas parecen estar envueltas en una especie de halo resplandeciente. Una aureola de luz las ilumina, incluso entre las más oscuras de las sombras. Y a su alrededor, como vuelo de pájaro libre, todo se mueve en su misma sincronía, como si tiempo y espacio fueran parte de una misma sustancia a la que se puede tocar y así conjugarlas en una instancia indisoluble, única y superior. Algunas personas parecen haber sido tocadas con la varita mágica de la transmutación y de esa manera atraviesan toda frontera, todo límite, para crear nuevos universos en los ya existentes y vivir mil vidas en una única vida, diseminada en otras tantas humanidades a las que siembran con las semillas del amor, de la pasión y de la entrega, como quien obtiene el producto de la energía puesta a funcionar en los molinos. Y una profunda vocación: no sólo por lo que hacen, sino también y fundamentalmente por hacer del otro un ser en desarrollo constante.
Según la teoría del efecto mariposa, dadas unas circunstancias peculiares del tiempo y condiciones iniciales de un determinado sistema dinámico, cualquier pequeña discrepancia entre dos situaciones con una variación pequeña en los datos iniciales acabará dando lugar a situaciones donde ambos sistemas evolucionarán en ciertos aspectos de forma completamente diferente. Eso implica que si en un sistema se produce una pequeña perturbación inicial, mediante un proceso de amplificación, se podrá generar un efecto considerablemente grande a corto o medio plazo.
Para decirlo con otras palabras, existen personas capaces de modificar el eje de su centro, pero también el de su entorno, generando un mecanismo de retroalimentación permanente que lograría extraer del más acuciante de los desiertos, oásis de nuevas posibilidades de crecimiento que se sostienen, a su vez, sobre un devenir irrefrenable.
Virginia Hansen es una de esas personas que se aproximan demasiado a esa especie de fenómeno que debería ser analizado desde diferentes aristas para lograr alcanzar un entendimiento pleno, global pero que, sin embargo, basta con mirarlas a los ojos para arribar a conclusiones mucho más inmediatas y terrenales, café de por medio. No hay fórmulas. Pero incluso algo más importante que ello: no sería necesario emplearlas.
La relación de Virginia Hansen con La Rioja tiene tantas raíces como anécdotas; tantas conexiones como historias. Pero la relación de Virginia Hansen con la localidad de Los Molinos (en el departamento Castro Barros) es como la naturaleza viva que se respira al caminar por esas callecitas rodeadas de intenso verde: se renueva permanentemente.
Entre “Los Carperitos” y la plaza central de Los Molinos hay algunas cuadras. Entre “Los Carperitos” y el Cine Teatro Los Molinos no parece haber distancias. Sí, en cambio, una continuidad de encuentros y abrazos, como si aquella casa donde Hansen abre las puertas de su corazón, fuera también el corazón de todos. Y aún más: de todas las expresiones del arte. Claro que, en rigor de verdad, en uno u otro punto en que uno pueda ubicarse -de este o del otro lado de Los “Carperitos”-, es inevitable que se respire en el aire el perfume al vuelo sutil de la danza. Y desde las manos de Virginia, en movimiento perpetuo, se extienden melodías y figuras como mariposas. En pleno efecto.

EL HILO ROJO
Los japoneses tienen la creencia de que las personas predestinadas a conocerse se encuentran unidas por un hilo rojo atado al dedo meñique. Ese hilo existe independientemente del momento de sus vidas en el que las personas vayan a conocerse y no puede romperse en ningún caso, aunque a veces pueda estar más o menos tenso, pero es, siempre, una muestra del vínculo que existe entre ellas. Misma leyenda podría llevarse a los molinos de vida de Virginia Hansen, atada a un hilo rojo con La Rioja. Y aún más con Los Molinos, en el departamento Castro Barros, donde su predestinación terminó por afincarla, sin importar que debiera dejar atrás todo pasar mejor.
Pero la dama de la danza y la poesía no lo definiría de manera tan compleja. Para ella, sólo se trata de “proponer algo y hacerlo”. Y si de hacer se trata, se torna ineludible avisorar el enorme legado que Hansen supo construir a lo largo de los años, en un espacio que, para muchos, podría ser visto más como un lugar de exilio obligado que como una oportunidad inmejorable de sembrar presente y cosechar futuro.
“El no haber podido tener hijos, tiene que ver con mi forma de actuar como madre”, afirma Virginia. Y en ese afirmar da cuenta de mucho de lo que en su accionar se aprecia, ligado siempre a una capacidad innata por generar puntos de encuentro y contención. Así lo hizo desde que llegó a esa pequeña localidad de la Costa riojana y comenzó a indagar los modos en que vivían sus habitantes, buscando tal vez un anclaje a ese lugar en el mundo que no podría ya ser ese lugar en el mundo si ella no estuviera allí.
Pero antes de ese amor casi a primera vista, Virginia recuerda todo aquel tiempo vivido en Buenos Aires, donde desde el balcón de una casa de dos pisos veía pasar autos y colectivos y, siendo muy pequeña, no dudaba en sostener: “acá es todo gusanos abajo”.
“Escapé hacia el Norte; busqué siempre mucho el Norte. Hasta que La Rioja fue haciendo mella en mí. Era la provincia que tenía un pedacito de cada cosa y los riojanos no lo sabían ver, no lo sabían explotar. Cuando mi esposo heredó estas tierras me trajo para acá. Vivimos en carpa algún tiempo, por eso se llama ‘Los carperitos’. Empezamos a edificar de a poco y comencé a sentir que este era mi lugar, que en La Rioja lo tenía todo”, cuenta. Sin embargo, su relación con La Rioja ya venía de antes, aferrada siempre con la danza y la poesía y sus viajes a la Capital o a Chilecito. Hasta que el amor, por fin, le hizo echar raíces. “Me iba a caballo o en auto por todos los pueblos y en un momento me dije: ‘este es mi lugar’; siempre ví a la montaña como una tríada y me siento bien aquí, me siento bien en el silencio”, cuenta mientras la mirada se le escapa lejos, como volviendo atrás en el tiempo; a ese tiempo en que “no había nada aquí”. Pero de la nada, se sabe, también se puede escribir una historia.
Y así fue como todo comenzó; en el patio de la escuela. “Empecé, con una niña y luego con sus amigas. Tenía unas siete u ocho chicas; las senté en la escuela y bailé para ellas. A los meses se sumaron los hermandos y más varones, que nunca había tenido varones, y ya empezaron a venir los chicos de los otros pueblos. Pedí oficialmente la escuela, que me abrieran ese lugar. Así empecé con la historia de la danza. Con lo que trabajaba en La Rioja les compraba la ropa para aquí. Para mi la satisfacción son estos niños. Aquí soplás y sacás fuego, son especiales, están muy conectados con la naturaleza, viven de otra manera”.
Conjunción de planetas o como quiera llamársele, entre Virginia Hansen y Los Molinos se produjo un alineamiento mágico que se tradujo en la intensidad de un trabajo a partir del cual comenzó a moldearse un tiempo distinto, de renacimientos. “Aquí lo que tenía que hacer era amasar desde chiquitos, con mi lenguaje y mi filosofía”, afirma, al mismo tiempo que, en ese proceso fundacional, ponía fin a la asfixia de no poder hacer lo que amaba: danzar y hacer que los otros dancen.

LA REVOLUCIÓN
No pasó mucho tiempo para que la movida artística en Los Molinos comenzara a hacer ruido. Los ecos de un trabajo intenso empezaron a hacerse sentir en la Capital y en el año ‘94 sacudieron la pantalla de Canal 9 con la noche de gala dedicada a las Divinidades Diaguitas. “Empezó una especie de revolución”, recuerda Hansen. La primera de muchas que se irían sucediendo a lo largo del tiempo, de la mano de un concepto que perdura persistente como roca: “bailar expresivamente, no técnicamente. Cuando tenés chicos y los preparás de esta manera, se forman seres mucho más sensitivos, mucho más emocionales”, sostiene quien, entre otras cosas, logró que la pequeña localidad del departamento Castro Barros, con apenas 30 casas cuente con un cineteatro, como fruto de un crecimiento constante, a la par del desarrollo artístico de aquellos niños que hoy forman parte de un presente brillante. La clave, tal vez, sea una sola: “quiero tener a los chicos como si fueran mis hijos y darle todas las posibilidades, porque lo que uno consigue es transformarlos en algo que lo disfruta la familia entera. Y siento que no puedo decir otra cosa, siento que soy como una madre para ellos”.
Y desde ese lenguaje maternal, Virginia sostiene la estructura en la que edifica sus sueños, plenos de convicciones, como manifiestos que perduran en la mente de esos pequeños a los que toca con el aire del vuelo de la danza. “Los valores, la identidad, no son cualquier cosa. La belleza, la moral, la ética, lo que significa estudiar. No sé quién me da letra, puede que alguien de arriba me de letra, no lo sé; lo que si sé es que atraigo a mucha gente. No sé si es por mi forma de ser. Lo que yo suelo decir es que soy el ser más egoísta del mundo, porque no tengo hijos y formo por medio de lo que yo amo a gente que hable en mi mismo idioma; entonces de esa manera tengo con quien hablar”. Y, por sobre todas las cosas, cómo revolucionar al mundo.

MAMÁ Y LA DANZA
“A veces le pregunto a Dios si tanto le gusta que los chicos bailen”. La frase no es casual. De alguna manera, para Hansen viene a explicar (con respuesta implícita) alguno de los motivos que, de otra manera, no tendrían explicaciones. La danza y la poesía, para Virginia, es ese universo en el que todo se vuelve posible. Y es también ese universo heredado. “La danza viene por mamá. Mamá era música pura, poesía pura. Mamá era pianista y compositora también y fue una mujer que se tragó a Buenos Aires trabajando”, cuenta.
Y en el rememorar, su mirada se humedece como en un día de lluvia, caminando por las intersecciones de alguna calle porteña. O más acá en la geografía emocional, regando las vertientes en los cerros. “Tuve una madre muy fuerte, que nos enseñó a ser libres”, agrega y la referencia llega también para su padre, un hombre fuerte con origen dinamarqués y vasco. Todo se conjuga en la dama de la danza para que aura y energía vayan en un mismo sentido, como gira la piedra en el molino, y ya no sea necesario entender qué es lo que nos rige.
“No puedo decir cuál es la magia; sí puedo decir cuál es la filosofía. El que no sabe ver la totalidad, a mi no me interesa. Si hay algo que me molesta en el arte es la suciedad en ese sentido, en el de la mezquindad. El el arte es dar y todo arte está muy cerca de Dios. A partir de eso, se verá qué hacer; pero mi filosofía es la apertura a todo, no sólo al que se distingue. Los chicos me siguen y siento que alguien nos está juntando para algo. El valor más grande es que seas artista. Mamá era así y así me lo hizo comprender”.
Esa filosofía de vida ligada a la danza y al arte en general va de la mano de no claudicar frente a las dificultades que puedan presentarse en el camino. “Me siento estimulada permanentemente; la creacion de todo esto es con gente que me siguió y me sigue y la idea es seguir sembrando. Yo fui feliz con el arte y sigo siéndolo, y creo que no hay que quedarse, que hay que seguir siempre para adelante; aunque soy muy consciente también de que no hay que sentirse Dios. La herencia, el medio y la educación, es lo que nos forma”. Todo lo demás, sólo efecto mariposa.

VIRGINIA X VIRGINIA

¿QUÉ POR QUÉ SOY COMO SOY? Pienso que puede ser la necesidad de ser querida. No se si hay una receta; si sé que hay una entrega total.
MI OBJETIVO Y MI PASIÓN ES ENVOLVER al arte y que no sea algo separado. El comienzo de las artes, un origen. Se juntan las artes y no parás más.
ENSEÑAR ES MULTIPLICAR. Yo me siento bien viéndolo; cuando los veo disfrutar mientras bailan.
ME ALEGRA ESTAR VIVIENDO ACÁ, me alegra estar con los chicos como estoy; esto es como una isla. No tengo explicaciones de otro tipo que no sea vivir. Agradezco mucho a la fuerza que me lleva a estar, soy imparable y sigo adelante como si fuera el ultimo día.
DEJÉ DE BAILAR A LOS 60; antes de hacer el ridículo prefería dejar de bailar.
UNA VEZ ME DIJERON, Y LO PUDE ENTENDER ASÍ: vos sos manejada desde arriba. Sos una marioneta.

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