Sanando las heridas

Con voracidad artística e insaciable sed de palabras, Víctor Nicolás Cano se nutre de las experiencias que luego, como cataratas de visiones, traduce en abrazos que contienen. El amor como bandera y un bastón para curar los hematomas de la vida.

El agua purifica. Y también sacia la sed. En especial, de quien ha sabido caminar por el desierto para llegar al final de un recorrido que, entiende, no es el final, pero sí un escalón más, tan necesario de subir como los anteriores. Antes de iniciar la charla con 1591 Cultura + Espectáculos, el multifacético Víctor Nicolás Cano riega las plantas del pequeño jardín de la casa que da al frente, de cara a la siempre transitada avenida Ramírez de Velasco.
Parecería, a simple vista, un rito cotidiano. Pero, en rigor de verdad, se trata de un acto de purificación. Y también de su inocultable necesidad de saciar la sed. La sed de decir, de narrar, de contar. De trazar, en definitiva, un recorrido generoso por los caminos de su vida, desde muy pequeño hasta hoy.
Prodigiosa memoria la de Cano. Asociada, claramente, a la voracidad de un empedernido observador de la realidad que lo rodea, propia de aquellas personas a las que nada le da lo mismo, sencillamente porque no pueden ser indiferentes al sentir de prójimo y porque nutren su vida de las experiencias que luego, como cataratas de visiones, se traducen en palabras que abrazan, que contienen y que, en definitiva, hablan de ellos mismos.
Así es el derrotero de este hombre inquieto por naturaleza; explorador incansable de un universo tangible que sabe tanto de riojanidad como de mundo, pero que no deja de alimentarse del conocimiento que le permite sostener su universo, apoyado en el bastón de su existencia, que pretende ser cura para los hematomas de la vida.

DE PAR EN PAR
Verborrágico pero detallista, sensible pero determinado, Cano es como un libro abierto que se ofrece de par en par. No escatima palabras a la hora de contar, mucho menos a la hora de sentir y de transferir ese sentimiento que, entre mate y mate (y “el mejor bizcochuelo que vas a probar, que lo hace mamá”), se ofrece con la naturalidad de un alma en permanente vuelo. Es así que no tardan, entonces, en llegar las anécdotas.
“A La veta artística la descubrí desde chico”, cuenta. Y de inmediato, narra una vivencia determinante: “no hice el jardín de infantes porque no hablaba, entonces no podía integrarme. Mi mamá (doña Ñata) cuenta siempre que yo no hablaba, que no decía sílabas. Entonces por esas cuestiones de creencias o por hacer todo lo que este a su alcance, un día le dijeron: ‘señora tiene que darle a su hijo lengua de calandria y y así va a hablar’; Mi mamá lo hizo y Luego de que me diera, dije mis primeras tres palabras: ‘mami quiero leche’”. Desde entonces, el artista no ha dejado de expresarse incansablemente.
¿TODO TIENE QUE VER, ENTONCES, CON TU NECESIDAD DE DECIR?
Siempre tengo mucho para decir. Lo que ocurre es que a veces no sabemos esperar los tiempos para callar o hablar en la vida.
EL NIÑO PRODIGIO. EL ARQUITECTO PROMINENTE
Superada ya aquella instancia de la imposibilidad del habla, Cano recuerda que comenzó la primaria en la escuela San Francisco, donde fue abanderado. “Nunca mi mamá tuvo que renegar conmigo; pero también es cierto que nunca disfruté a esa edad porque siempre estaba estudiando”, afirma.
Sin embargo, de aquella época no sólo rememora su constancia en el estudio, sino también sus primeros pasos vinculados con la música y con una historia de logros que lo acompañarán a lo largo de todo el recorrido. “En la escuela, en cuarto grado, debías decidir si ibas a integrar la Banda de Música. Yo, ya en tercer grado, estaba tocando el clarinete. Tenía un oído adecuado para la música, sin saber leer bien, aún, los pentagramas”.
En ese contexto que lo mostraba como un niño prodigio para la música, recuerda que “se organiza a nivel nacional en vida de Juan Domingo Perón, un concurso de bandas infantiles del País. Fue en la primera semana de agosto, para el Día del Niño y recuerdo que llegamos a la final con la banda de Villa Dolores, de Córdoba. La gente que nos veía, creía o decía que yo estaba únicamente para simular, para aparentar que era músico. La final fue en el teatro Colón donde el ‘enanito’ Víctor Cano empezó a tocar de oído la marcha peronista. Ganamos con ese tema. Entonces, en el público preguntaron si yo realmente tocaba ese instrumento, por lo que toqué solo y les demostré que no estaba simulando”.
Ocurre que nada es una simulación en la vida de Cano. Mucho menos si de estar ligado al arte se trata. Pero no sólo al arte. “Al mismo tiempo que cursaba la primaria y tocaba en la Banda, hacía también Gimnasia Deportiva y a la noche estudiaba con vela, porque no teníamos luz. Empecé la secundaria en la ENET N°2 y seguía haciendo Gimnasia Deportiva en la DARD e integraba el equipo provincial de Atletismo. Al ver que los profesores ya no podían enseñarme más, me fui a River Plate donde integré el seleccionado” cuenta.
¿Y CUÁNDO FUE QUE SURGIÓ LA IDEA DE ESTUDIAR ARQUITECTURA?
A los 21 años hice un ta-te-ti (risas) y me decidí por estudiar Arquitectura. Mi papá siempre fue albañil y nos nutrimos en la construcción. De niño jugaba a construir casas; dibujaba en la tierra. A los 8 años ya sabía que iba a ser arquitecto y estudié Arquitectura, Diseño y Urbanismo en la UBA.
ME CONTABAS AL PRINCIPIO DE TU APEGO A TUS PAGOS, A TU GENTE, ¿CÓMO HICISTE EN ESE TIEMPO PARA SOBRELLEVAR EL DESARRAIGO?
Canalizaba la nostalgia por medio del estudio. Sentía el desapego, pero la exigencia del estudio me ayudaba. La nostalgia tenía que ver con el desapego. Siempre fui muy mamero, familiero; sentía que todo lo que me pertenecía estaba en este lugar. Todo lo demás era un paso que había que dar. Terminé y me vine a La Rioja; me dediqué a decorar eventos; hasta que comencé a trabajar en la parte privada.

MAS ARTE
Sin embargo, y a pesar de comenzar a desarrollar su actividad profesional ligada a la Arquitectura, el arte siempre fue una constante en la vida de Víctor Cano. “Aprendí en simultáneo a bailar folklore. En las fiestas familiares todos bailaban y yo no, entonces me decidí a aprender y cuando me decido a hacer algo, lo hago, y siempre buscando la perfección para llegar a la mediocridad, o un poquito más. Integré el taller de baile de mi tío José Jesús Oyola y llegué a un 90 por ciento de aprenderme todas las danzas dentro de las danzas folklóricas y creo que lo hago en términos agradables”, sostiene.
Más tarde, no obstante, llegaría también su encuentro cercano con el teatro. “Me inscribí en la Escuela de Arte, para hacer algo que siempre quise hacer y nunca me animé, y me inscribí en teatro. Así fue que llegó la 27ª Fiesta Nacional de Teatro en La Rioja. La idea era que La Rioja participara con un obra de teatro y yo integré ese grupo como protagonista. La obra se llamó “Hay que seguir andando nomás” y tuvo una gran producción. En esos seis meses aprendí lo que hubiera aprendido en 20 años en una academia. Me enganché con el teatro y me gustó, y tiempo más tarde pasé a integrar el grupo de teatro de Amico Producciones. Hicimos las obras Tango para ver I y II, donde interpreté “Balada para un loco” y “Amor desolado”.
Y A TODO ESTO, ¿CUÁNDO SURGE TU RELACIÓN CON LA ESCRITURA?
A los 11 años veía a mi tío, José Jesús Oyola. Veía que el pintaba y yo agarraba un pincel, veía que el escribía y yo agarraba un papel; un poco copiaba lo que el hacía, pero le agregaba lo mío. Un día mi tío vio lo que había escrito y me dijo que le gustaba lo que yo hacía, porque expresaba lo que sentía. En un principio lo tomé como una terapia para poder descargar tensiones. Canalizaba desde la escritura rabias y broncas, me desahogaba escribiendo. Nunca dejé de escribir a partir de los 11 años, pero no me gustaba que la gente leyera lo que yo escribía. Un día en mi estudio viene un amigo, Roque Silva, y se me cae un papel que había escrito con un poema que se llamaba “Disculpa esta duda”. Lo leyó, le gustó y me dijo que había un concurso que organizaba el diario El Independiente. Me presenté y lo gané. Entonces consideré que si había gente idónea para deliberar sobre eso, podía tener uña para guitarrero.

HEMATOMAS
Víctor Nicolás Cano es autor de dos libros: Hematomas de la vida I y II. Dejando de lado aquellas primeras palabras escritas que se asociaban a la necesidad de descargar emociones, el artista se expresa ahora desde una necesidad de comunicación, no sólo de lo que le ocurre a nivel personal, sino también en relación a lo que puede pasarle a un semejante. “Me animé a comunicar a través de la literatura”, afirma.
¿POR QUÉ HEMATOMAS DE LA VIDA?
En mis libros hablo de las cosas que pasan en la vida. Heridas que uno tiene y soporta. Pero la esencia del mensaje es el amor, porque el amor lo cura todo. Lamentablemente, hemos descuidado el sentido de esa palabra. Uno tiene que curar el alma antes de partir y el alma sólo se cura con exceso de amor. El único alimento para el alma es el amor. Sin embargo, es importante decir que se trata de mi opinión sobre el tema, no soy dueño de la verdad. A mí, en lo personal, me hizo bien y sería egoísta si me guardara todo para mí.
¿QUÉ TE GENERÓ, EN LO PERSONAL, AQUEL PRIMER LIBRO?
Mi primer libro me trajo muchas satisfacciones. Estaba sediento y de repente tuve un aljibe solo para mí. Quería cumplir ese sueño de ser yo mismo y cumplir con la necesidad de comunicar. Hay cosas que uno tiene incorporadas, pero no sabe cuándo es el momento de comunicarlas. Quizas me quedan muchas cosas por decir, o aprender para decir y creo que lo voy a hacer en los siete libros que tengo proyectados.
¿POR QUÉ SERÁN SIETE?
Siete es el número perfecto y yo invoco permanentemente lo celestial, siempre vinculado con el amor. El amor es único, lo que cambia es la manera de expresarlo, según cada persona.
¿CREÉS EN EL AMOR?
Creo en el amor cuando es verdadero. A veces uno confunde, y en esa confusión piensa que puede haber varios tipos de enamoramientos. La dicha más grande del ser humano es haber encontrado el amor verdadero. Y en ese sentido puedo decir que prefiero haberlo conocido y perderlo, que haber desconocido su existencia. Gracias a que existe el recuerdo, puede uno vivir sostenido en ese momento hermoso. Hace 2018 años hubiera dado la vida por tocarle el manto a Cristo, y aunque él se hubiera ido antes, yo ya lo habría tocado. Con el amor me ocurre lo mismo.
¿CUÁLES SON LAS MOTIVACIONES PARA TU ESCRITURA?
Hay temas; situaciones ajenas que trato de hacer mías para poder explicarlas. Hablo de las prostitutas, del suicidio juvenil, de la droga, de la delincuencia, del bullying. Me costó mucho en algunos casos. Cuando quería tratar un tema que no estaba en mis vivencias, me llevó tiempo de investigación. Pero en general me tomo de lo real, de lo que no es una suposición o una fantasía y trato de llevarlo a lo literario como un poema. Al tener un grado mayor de sensibilidad, se pueden captar más las situaciones ajenas. Yo creo que debemos ser como un bastón: no habla, pero te podés apoyar. Yo trato de hacer hablar un poco a ese bastón.
¿Y TE PASÓ ALGUNA VEZ NECESITAR DE UN BASTÓN QUE TE SOSTENGA?
El bastón que yo busqué oportunamente, no estaba limpio, no estaba en condiciones para que yo tuviera un buen apoyo. Es como que perdí el tiempo, entonces busqué hacer mi propio bastón. Me autoconvencía y comparaba permanentemente; yo mismo era mi psicoanalista. Me aferré al amor y hoy no me hace falta bastón. Busco el amor como una cura; salgo a flote y tengo energías para apoyar a otros.
¿Y CÓMO ES ESE PROCESO DESDE LA VIVENCIA HACIA LA ESCRITURA?
El proceso es siempre más placentero que la meta. El que se quiere tiene que valorar que el proceso para llegar a lograr algo es lo más placentero.
¿TENÉS HEMATOMAS?
Sí, tengo el hematoma, pero cada vez con menos color morado. No obstante, prefiero que no se vaya, para que no vuelva a repetirlo.
¿SENTÍS QUE TENÉS ALGUNA CUESTIÓN PENDIENTE?
Planté un árbol, escribí un libro, me faltaría tener un hijo. Pero eso no entra en mi obsesión de vida. Sostengo que uno viene a la vida a estudiar lo mejor posible para que en el examen final tengas el mejor promedio. Hay muchas cosas que integran una existencia. Pero nunca dejar de estudiar, investigar de la vida, tener conocimientos y asegurar el examen final. Como es tan imprevisible la existencia, hay que vivir el día a día sin especular, sin tener proyectos a largo plazo. Estudiar el librito de la vida. Cuando condicionás tu existencia en algo que no es universalmente provechoso, caés en el error de no saber vivir. Hay que buscar el equilibrio de las cosas y saber ser autocrítico. Hematomas de la vida va a seguir; desde mi postura, no soy el dueño de la verdad. Pero bienvenido sea a quien le haya hecho bien mi opinión.
¿TE DESVELA LA OPINIÓN DEL OTRO?
No, no me desvela lo que pueda opinar el otro; ni la buena ni la mala opinión. Sí me reconforta cuando escucho a alguien que leyó mi libro.
¿QUIEN ES VÍCTOR NICOLÁS CANO?
Un loco empedernido con ganas de vivir más de lo normal. Soy loco, siempre lo digo, no me puedo sacar el personaje. Me veo como una persona en la punta del trampolín, a punto de hacer un salto ornamental; me costó mucho subir el primer y el segundo tramo de la escalera. Ya me animé a estar en la punta; ya no me puedo volver atrás. Cuando ese salto sale bien el placer se siente para siempre. Sí, creo que soy una persona en el borde, dispuesta a saltar y que lo aplaudan.
¿SALTAR AL VACÍO O PLANIFICAR EL SALTO?
Vas planificando en el proceso, porque cuando llegás no podés hacer un bochorno. Tuve la suerte de siempre destacarme, pero también la virtud de autoexigirme para estar conforme con lo que hago. Siempre me gustó estar en el número ocho; la gente me aplaude como si estuviera en el 10, pero yo estoy entre el seis y el ocho y siempre puedo autoexigirme para llegar a más.

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