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El 12 de agosto de 1991, Metallica editó su quinto álbum de estudio. Oficialmente se llamó “Metallica”, pero el mundo lo conocería para siempre como “The Black Album”. La portada casi negra, apenas atravesada por el logo de la banda y la silueta de una serpiente, parecía una declaración: ya no hacía falta gritar desde la tapa. El golpe estaba adentro.
La Chaya de Gloria de la Vega volvió a reunir este domingo a familias enteras alrededor de la música, las cajas, las vidalas y ese antiguo ritual riojano de encontrarse con los otros.
¿En qué momento dejamos de intentar comprender lo que el otro quiso decir para empezar a responder únicamente a lo que creemos que quiso decir?
La inminente despedida de Lionel Messi no marca solamente el final de una carrera extraordinaria, sino el cierre de una época que atravesó nuestras vidas y sostuvo durante tantos años una forma colectiva de la esperanza. El paso del tiempo, la pérdida de los símbolos y el vértigo de descubrir que incluso aquello que creíamos eterno también termina.
Más allá de los resultados, las tácticas, las polémicas de turno y las teorías conspirativas, el fútbol sigue siendo uno de los pocos lugares donde los argentinos nos reconocemos como comunidad. Una reflexión sobre la épica, la identidad, el sentido de lo colectivo y el vacío que empieza a insinuarse cuando comprendemos que hasta los grandes símbolos, como Lionel Messi, también tienen fecha de caducidad.